miércoles, 21 de agosto de 2013

Joer con la Sra. Gómez-Limón

Suele decirse que todo el mundo es encantador de visita, dejémoslo en amable y con la palabra todo precedida de un cautelar casi. Pero cierto es que la realidad íntima de las personas sólo asoma en situaciones como las que, aún siendo muy diferentes, banqueros y médicos coinciden en llamar “pruebas de estrés”. No es trago fácil de superar sufrir un accidente en el que decenas de personas mueren a tu alrededor, pero esta es una prueba a la que la vida por conducto de Renfe ha sometido  a la diputada madrileña Teresa Gómez Limón.

El principal enemigo del razonamiento certero quizá sean la emociones, ¿recuerdan el preámbulo de la Ley reguladora del Indulto?, así que nos consta que es difícil pedir a la diputada madrileña que razone con tino sobre el accidente ferroviario de Santiago cuando ha sido víctima del mismo. Por ello lo prudente sería callarse, máxime cuando por su profesión de psicóloga algo debe saber de esto. Pero no ha sido el caso.

Hoy hemos tenido ocasión de escuchar sus declaraciones a la cadena de televisión Cuatro en la que le bastaron unos pocos minutos para reclamar desde la destitución de los Presidentes de Adif y Renfe a la reimplantación de los ayudantes de maquinista. En esto ya se trasciende el pensamiento emocional y se entra de lleno en el famoso atrevimiento de los ignorantes. Esta señora es muy completa.

A ver si somos capaces de explicárselo con pocas palabras. El problema de la función de un maquinista ferroviario es que tiene poco trabajo. Exento del guiado que obliga a los conductores de los autobuses a mantener su atención sobre la carretera, su labor, en cuanto a la conducción, se limita a regular la velocidad. Por eso el gran enemigo de estos profesionales es la distracción y por ello, aunque parezca paradójico, se suprimieron los ayudantes de maquinista porque se comprobó que su presencia no servía absolutamente para nada. Si ya es difícil mantener la atención para quien es responsable del avance del tren, imagínense para quien no tiene ninguna capacidad de actuar sobre la marcha del mismo. Para una psicóloga tiene que ser fácil de entender. El resultado era que estos empleados viajaban habitualmente durmiendo o leyendo, muchos prepararon los exámenes a la categoría superior durante el desempeño del inútil puesto, y cualquiera que haya visitado un locomotora de la época de los ayudantes habrá podido ver los desconchones que sistemáticamente presentaban los “salpicaderos” dando testimonio de cómo se colocaban los pies para crear con las piernas en alto el adecuado acomodo para la lectura. La cuestión era tan descarada que hasta los poderosos sindicatos de maquinistas, hagan memoria y recuerden las vacaciones que nos dieron hace años, cedieron pronto en la defensa de un trabajo que no lo era.

Como, por otra parte, la muerte instantánea no traumática es un ente de razón, en la práctica no hay patachus que no permita un último esfuerzo para accionar el muy accesible freno de emergencia que tienen las locomotoras, no había justificación alguna para el segundo maquinista. Lo del copiloto es otra cosa Sra. G. Limón, que no es lo mismo frenar un tren que aterrizar un avión. Aún así se cuenta como precaución con el dispositivo conocido como “hombre muerto”, unos pedales que es necesario accionar periódicamente, aunque sería mas justo llamarlo el “hombre o mujer dormido”, que ya hay señoras maquinistas aunque esta es una de las profesiones mas masculinas del mundo, porque el sueño sí que es un enemigo insidioso a fuer de hacerte creer que puedes vencerlo. Bien saben de esto las estadísticas de siniestralidad de las carreteras. Así que Sra. G. Limón deje de inventar el mundo y pregunte sobre lo que no sabe. ¿Imponemos la presencia de un ayudante de conductor en los autobuses para que España sea un poco mas “different”?

En cuanto a los presidentes, lo único que puede sorprender es que no haya metido en el paquete destitutorio al de Talgo, aunque sea una compañía privada. Mira que las empresas públicas nos dan motivos para criticar a sus responsables, pero en este caso poco se puede culpar a estos señores. Desgraciadamente la seguridad total no existe, por lo que lo exigible es que se apliquen los medios sobre los que hay un consenso internacional en que son los razonables. Y esos son los que aplican nuestros ferrocarriles. Este accidente se ha producido en uno de los muchos puntos de la red ferroviaria convencional (en España es muy fácil distinguirla de la de alta velocidad porque tienen anchos distintos, no hay ambigüedad posible) en que podría haber acaecido, y no solo por reducciones de velocidad impuesta por las curvas (en España hay casi dos mil de radio igual o inferior a esa) sino por otras mas complejas como las debidas a los desvíos en los que no es igual la velocidad admisible en la vía directa que en la desviada, configuración que es evidentemente variable. La casuística es compleja y no hay lugar aquí para abundar en ella, pero si pretendemos extender a toda nuestra red el criterio de seguridad que algunos propugnan que, en definitiva, no es sino inmunizar al ferrocarril de los fallos humanos, cautela que no está operativa en ningún sistema convencional del mundo (hay algunos pequeños servicios operados sin maquinista, especialmente en aeropuertos), prepárense para pasar una buena temporada sin transporte ferroviario. Y a pagarlo bien pagado ¿De qué culpamos entonces a los presidentes de las compañías responsables de vía y tren? Esto tiene nombre hace mucho y se llama buscar cabezas de turco.

Algunos, entre los que se encuentra un sr. llamado Calleja que tienen en Cuatro para opinar de lo que sea, una especie de supuesto oráculo del sentido común al aroma de “la gauche”, han encontrado en la posterior instalación de una baliza la justificación de que debía haber estado colocada previamente. Pues sí, pero no, igual que cuando se pone barrera a un paso a nivel que antes carecía de ella en el que ha habido un accidente no deja de ser un ejercicio de cosmética unida a una precaución ante un inasumible segundo accidente en el mismo punto. Entretanto la cosa sigue igual en otros muchos lugares sometidos a las mismas circunstancias. Recordemos, además, que la baliza instalada limita transitoriamente la velocidad de paso muy por debajo de la anteriormente autorizada a unos técnicamente injustificados 30 km/h. Una cautela claramente excesiva. Por supuesto que es bueno que se incrementen las medidas de seguridad, mejorables ad infinitum, pero la cuestión a dilucidar es si la situación anterior era negligente. Ya hemos indicado en nuestro anterior apunte sobre este asunto que ni siquiera los en cuestiones de seguridad habitualmente quisquillosos sindicatos, habían objetado lo mas mínimo. Y es que el  inglés tiene una frase que viene bien al caso, “shit happens”, y ocurrió.

Volvemos pues al pensamiento emocional, ¿cómo va tener toda la culpa un sr. que se ha desgraciado el resto de su existencia? Igual que un grupo de familiares de víctimas del accidente de Spanair cuyo quinto aniversario tuvo lugar hace pocos días manifestaban que acudirían a Estrasburgo a reclamar Justicia. Inadecuado uso del lenguaje, lo que quieren es que les den la razón, que es otra cosa, y en este caso por motivos poco altruistas, hay mucho dinero en juego si se condena al fabricante del avión. ¿Cómo van a ser culpables unas personas a las que les ha costado la vida? Pues sí, porque incumplieron, quien sabe si confiados en la eficacia de los sistemas de alerta que desgraciadamente aquel día estaban parcialmente inutilizados, una rutina inexcusable en la que piloto y copiloto deben comprobar sobre una lista escrita, nada de fiarlo a la memoria, que la configuración de despegue es correcta. Y no lo era.

Volvemos a nuestro tren aunque buscando la analogía con el avión anterior  ¿Y el día que se averíe una de esas indispensables balizas?¿Imaginamos que un maquinista actúe confiado en que ese dispositivo se encargará de moderar la velocidad del tren?¿Cómo no había un dispositivo que avisara al maquinista de esa avería? Otro presidente para casa. Pero nos tememos que estamos entrando en un bucle de sistemas de seguridad que tiende a infinito.

Nos queda una duda sobre los recodos del pensamiento emocional: ¿habría solicitado lo mismo la Sra. G.Limón si el presidente de Adif fuera su hermano? Reconocemos que también nos intriga bastante saber qué habría salido de los labios de la diputada madrileña si hubiera tenido una hija llamada Marta del Castillo o Sandra Palo.

Lo triste es que si no repite en la listas del PP, lo que es harto probable, no será por insensata sino por haber criticado la posición de su partido.

Vamos a ir madurando la creación de una plataforma pro implantación de las “pruebas de estrés” para los candidatos políticos. Además, los derechos de emisión de las tomas con cámara oculta podría servir como legítima financiación de las campañas de los partidos con el consiguiente alivio de las arcas públicas.




Nota: Sofi Siete no tiene nada que ver con Renfe ni con Adif. Sí le gustaría estrechar lazos con D. Sentido Común.

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